lunes 14 de diciembre de 2009

Lunes, tres


A las diez de la mañana en punto llegó a la oficina. Lo comprobé en el reloj del ordenador. A la hora de siempre. Y de azul, como siempre. Hoy, con camisa de color crema. Además de los zapatos negros brillantes. Y la gomina en abundancia, que fija el pelo al cuero cabelludo y lo estira hacia atrás hasta curvarse en las puntas, marcando los surcos que dejara el peine de grandes púas.

Hay quien dice que tiene un solo traje y un par de camisas de colores rosa y crema. Es P, que, a veces, sufre de celos de secretaria que no se siente valorada. Yo creo más a M, el más antiguo en la oficina, que dice haber cruzado, incluso, algunas palabras sobre datos contables. M asegura que tiene un armario lleno de trajes azules exactamente iguales, que va reponiendo por el desgaste por otros idénticos entre sí y a los originales. Y asegura, también, algo parecido en relación con las camisas de colores crema o rosa. No me extraña. Uno nunca sabe cuándo entra la persona que hace los informes y cuándo entra su representación holográfica. En El Corte Inglés es posible comprar ropa sin que parezca que el tiempo ha pasado por ella.

Conocí años atrás a un individuo que decía de sí mismo tener diez trajes azules iguales, treinta camisas blancas con milimétricos cuadritos azules, diez corbatas lisas azules de seda aparente. Pero era un pelanas. Creo que tenía un solo traje y un par de camisas, y la conciencia de que el azul es color apropiado para el mundo éste de los negocios, como en otra época lo fue el gris para la banca. El desgaste del cuello siempre era el mismo. O sea, que entre lo cutre y lo relamido puede haber un punto de encuentro.

-Buenos días.

La única frase de todos los días, un sonido opaco, sin eco, sin matices, mientras empuja de espaldas la puerta que siempre se cierra con suavidad, y se adentra por el estrecho pasillo entre las filas paralelas de mesas casi sin ruido, como si los pies se deslizaran o se moviera levitando, y desaparece en el despacho en penumbra. El clic de la puerta al cerrarse. Y silencio. Como si hubiera pasado un fantasma.

De repente, el parpadeo de las luces en el despacho, la cartera de cuero negro que va de la mesa al suelo, a la derecha del sillón, próxima a la mesa. Y la rutina: el ordenador que se enciende y, en tanto carga los protocolos, arranca y pide las claves, el leve toque en el teléfono, en el teclado, en la pequeña lámpara de mesa, en el hexaedro oscuro, único adorno superfluo de la mesa, y otra vez en el teclado, para que todo recupere la posición exacta que quizás alteró la persona encargada de la limpieza.

Se inclina ligeramente hacia adelante y hacia la derecha. Parece buscar algo en la cartera. Y se incorpora con los periódicos. Dos. Uno de color salmón, que debe ser prensa económica. Y sonrío para mí: la misma prensa amarilla del jueves. Estoy mirando de reojo. No creo que lo advierta. Al fin y al cabo, el ala de la mesa se apoya en la pared acristalada de su despacho y es ahí donde tengo la pantalla y el teclado del ordenador. No se ve bien la cabecera, apenas la vocal del artículo definido de su nombre, con esa tipografía tan propia, times new roman, creo, de esquinas agudas y amenazadoras.

Alguien me dijo que ese periódico rompe la imagen de insufrible y odiosa perfección que nos proyecta desde el despacho. No es cierto. Son lo mismo. Primero: ni odiosa ni insufrible. Amable, y deseada por su universo de lectores. Y segundo: el periódico es esa misma perfección. Tanta, que inventa la realidad cuando no se ajusta a sus concepciones. O no sería prensa amarilla. Es la perfección del mundo de la economía y las finanzas, de lo público. Una imagen, un mundo que se adoctrina. ¿O alguien creyó que en ese mundo se piensa? En ese mundo se publicita. Ese es el mundo.

Me centro en mis obligaciones. Es decir, en mis carpetas. Reviso la primera. Está toda la documentación: las fotocopias de las declaraciones de IVA, los movimientos de las cuentas afectas del año 2008 y el requerimiento, con la propuesta de liquidación, de la Agencia Tributaria. Me acerco a la mesa de T’, le entrego la carpeta y le explico las circunstancias. El tiene que redactar las alegaciones, asegurarse de que se presentan y seguir los trámites.

-A ver, mira, te explico: Nos han hecho una paralela por el IVA de 2008. Por la regla de la prorrata, dicen que está mal aplicada. Como ves, están equivocados.

-Algunos, que tienen poco que hacer- comenta, haciendo un gesto de disgusto. Si investigaran lo que tienen que investigar- añade. Y remata:

-Panda de vagos inútiles-, con nuevos gestos de disgusto y aburrimiento. Yo sé que estas vulgaridades no lo entusiasman, que piensa que no son éstos desafíos para su talla, pero también forman parte de su obligación. “En las pequeñas cosas se forjan los grandes espíritus”, me digo, recordando la voz engolada de un antiguo profesor de química del bachillerato. Bastante marrano, por cierto. No era extraño verlo desaliñado, con la camisa sin planchar y el cuello grisáceo, y la bragueta llena de relejes de urea. Sonrío en mis adentros.

-Mira- trato de explicarle-. Ahí ves que lo que reclaman es el IVA de esos locales que se compraron. Dicen que no es deducible, porque se destinarán a alquileres1. Se compraron y se dejaron en contabilidad porque se van a vender. Pero, aunque se alquilaran, son locales, y los locales están sujetos a IVA.

-Vale. No te preocupes. Ya me encargo-. Se queda pensativo un instante, mueve los papeles uno a uno, pero me da la sensación de que no los mira. Se detiene, abre los ojos, se echa un poco hacia atrás.

-Pero, ¿no presentasteis alegaciones antes de la paralela? ¿No aportasteis las facturas?

-Siiiiiiiii, claro. ¿No lo ves, hombre? Ahí lo tienes. Es que este inspector acaba de llegar. No se entera. Es nuevo.

-Vale. Perdona. No hay problema-. Agrupa las hojas y las sacude un poco sobre la mesa para igualar el paquetito. Las devuelve a la carpeta y me mira:

-Vale, que no hay problema.

Aunque ya se ha desentendido de mí, me quedo mirándolo un rato.

-¿Te pasa algo? Te noto…, no sé, un poco despistado- le digo. Me contesta sin levantar la vista de la mesa.

-No. Que es lunes.

Me doy por satisfecho. Me encojo de hombros y regreso a mi mesa. Aunque no sé qué tienen de particular los lunes. L-u-n-e-s, lu-nes, lunes, ¿lunes? ¿Qué tienen los lunes? ¿Qué son? A ver, miro en Google. Pues no, en Google tampoco hay nada especial. Dice: segundo día de la semana en el calendario gregoriano, del latín Dies Lunae, o día de la luna. Esto último me parece más romano, es decir, pagano, que cristiano. A mí, sin embargo, me parece el primer día de la semana, siempre tengo la sensación de tener que iniciar algo. Será porque la vida la concebimos hoy desde el trabajo, no desde el ocio. De ahí la palabra negocio, la negación del ocio. O la propia palabra trabajo, antes trebajo, (lo estoy viendo, también, en Google), del latín tripalium, tres palos, tripaliare, torturar o torturarse. Joder, con Google, parece dios. Verás tú que este calendario acabará llamándose calendario googleliano. De un clicazo, Google acaba con el viejo dios, aunque me parece que el viejo dios está más que acabado. No hay más que mirar la cara de sus vicarios. Todos. Los de Jesús y los de Mahoma.

Se me quitan las ganas. ¿A quién se le ocurre torturarse?

¿Y la filosofía barata con la que me he perdido en los últimos minutos? A ver, muchacho, a lo tuyo, que tienes obligaciones, me digo, golpeándome con el índice ligeramente la sien derecha.



Edward Hopper, Office In Night


(1) Cuando se ejercen diferentes actividades, unas sujetas a IVA y otras no sujetas, no es deducible el IVA de las compras y gastos afectos a la actividad no sujeta. Cuando la compra o el gasto participa de ambas actividades (electricidad, teléfono,…), el IVA se prorratea entre ambas actividades. El arrendamiento de viviendas no está sujeto a IVA.

domingo 13 de diciembre de 2009

Vengo del mono (y que dios me perdone)

Aunque aquí se afirma lo contrario





Aquí también se afirma lo contrario, pero las imágenes me confunden




De Darwin o de dios, poco importa, dicen el fatuo, el cínico, el hipócrita y el ignorante. Lo que importa es que, en el fondo, hablo de mi mismo.


Así que este mono se queda de nuevo con Cecilia, a ver si me acuna en sus brazos como me acuna con su voz.

Germánico en Germania, Parto, ti lascio, o cara

viernes 11 de diciembre de 2009

Cecilia y Ainhoa, menú completo

Plato fuerte



Cecilia Bartoli, Sacrificium, Cadró, ma qual si mira



Postre



Ainhoa Arteta, La vida, Goizian argi hastian

31 años después

De arriba abajo y de izquierda a derecha: Gabriel Cisneros, José-Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Miquel Roca y Junyent, Manuel Fraga Iribarne, Gregorio Peces Barba, Jordi Solé Tura


No puedo recordar la fecha. Tuvo que ser, por la sucesión de acontecimientos posteriores, por septiembre de 1978. El acuerdo sobre la Constitución estaba cerrado. Los padres de la Carta, que entonces no eran padres ni nada, sólo parlamentarios de unas cortes constituyentes, entre los que estaba Jordi Solé Tura, en representación del PCE, o del PSUC, que venían a ser más o menos lo mismo, habían cerrado los últimos flecos. El brillo de las espadas estaba todavía sobre las cabezas de todos. Vigilaban los militares franquistas.

El PCE había alquilado un local en la calle Orense, de Madrid, frente al Meliá, más o menos. Era un negocio de hostelería y las mesas y sillas se habían amontonado para dejar el local diáfano. Habría 400, 500 personas, quizá más, apretados, como piojos en costura, militantes de base del PCE, los que buenamente pudieron acudir tras una convocatoria apresurada. De Madrid capital y toda la provincia. Y todo el comité ejecutivo del PCE, con Santiago Carrillo a la cabeza.

Semana a semana, desde la constitución de la mesa de los siete, a las organizaciones de base del PCE habían ido llegando resúmenes, borradores, propuestas,… el debate vivo de la comisión para el debate, a su vez, de los militantes. Lo del estado social, democrático y de derecho del artículo primero, la aconfesionalidad del estado, la erradicación de la pena de muerte, lo de las autonomías, un follón de los que hoy se llamaría de corta y pega, la libertad de expresión,… la modernidad, en suma, la salida de la caverna.


Pero había algo que era otra cosa. Por la carga emocional. Había llegado a los debates como lo demás, pero era otra cosa. El PCE era un partido republicano y la bandera que reconocía para España era la tricolor de la II República, mientras la Constitución consagraba España como Monarquía Parlamentaria (art.1.3) y adoptaba la bandera roja y amarilla como la bandera del estado (art.4.1). El PCE era un partido legalizado, había participado en la elaboración del texto de un modo especialmente activo, tenía en el Congreso de los Diputados una presencia importante y pretendía seguir siendo un partido del sistema. Santiago Carrillo hizo la primera exposición, es decir, la defensa del texto constitucional y, especialmente, de la necesidad, que no era derrota sino conquista, de respaldar la forma de estado y su bandera. Si esa bandera era nuestra, tan nuestra como de todos, dejaría de serlo de banderías, de reductos.

Y se sucedieron las intervenciones. Intervino quien quiso y como quiso. Quizá hubo alguna intervención preparada de antemano. O más de una. El viejo tic manipulador de asambleas, tan fértil en años pasados. Hasta que intervino ella. No la recuerdo bien, no podría describirla ni repetir sus palabras, pero guardo un registro vivo, como si la tuviera a unos metros. Han pasado 31 años. Era menuda, de mediana edad se dice ahora, seguramente 50 años. Defendió a la república derrotada, lloró por la esperanza arrumbada y reivindicó a los muertos y a los perseguidos, los encarcelados, los torturados, los de su familia y los que nunca conoció. No dijo nombres pero muchos pensamos en nombres. Con un lenguaje sencillo. Habló de la bandera que había sido símbolo del sacrificio de su familia, de su padre muerto y de su madre anciana. Por su tono, por la reivindicación de la historia, creímos que defendería el voto negativo. Yo pensé que defendería el voto en contra de la Constitución. Hubiera entendido su oposición desde su dolor. Sin embargo, en medio del llanto, habló de su voto por esa constitución, en nombre de la reconciliación de todos los españoles, de un proyecto común en paz, de un futuro para sus hijos.

Hubo un silencio. Nadie más habló durante un rato. Cuando se reanudó el debate, ninguna intervención fue igual.

Para no perder la perspectiva, el 24 de enero, un año antes, sólo un año antes, se asesinaban a los abogados laboralistas de la calle Atocha. En su propio despacho. El sábado santo se legalizaba al PCE y el 15 de junio se celebraban las elecciones a cortes constituyentes, las primeras democráticas.

Esto era más o menos lo que me rondaba en la cabeza estos días primeros de diciembre y ese era el tenor de lo que quería escribir. Hasta que me cayó como una losa la muerte de Solé Tura. Y la mezquindad de quienes, por un instante, ante el cadáver, quisieron apropiarse de él. Los que lo persiguieron o sus cómplices, la derecha, por supuesto, con sus afirmaciones grandilocuentes de funeral. Y los mismos, también, la izquierda, que lo expulsaron, que hicieron del sitio en el que militó un rincón invivible, ajeno al debate y a la reflexión, trinchera de garbanceros y estalinistas o herederos del estalinismo.

Solé Tura no fue un luchador antifranquista. Aunque eso han escrito de él sus antiguos camaradas o compañeros. Quienes dicen esto hoy no han entendido nada de la historia de España ni de la historia de la izquierda. O son de los agazapados de los tiempos duros de entonces y hablan de oídas. Solé Tura fue un luchador por la libertad, por la democracia, por los derechos de las personas. Que no es lo mismo. Por eso puso en riesgo su vida y su libertad; reitero: su vida y su libertad. Y enfrente estaba la dictadura, claro. Por eso pudo, luego, sentarse en la misma mesa y debatir con otros que, años atrás, habrían firmado o consentido la firma de su fusilamiento.

Lo vengo pensando hace tiempo y esto me ha servido de constatación: vivimos tiempos de nada y de nadie. Tiempos de mediocridad, de oportunismo, de ceguera, de ausencia de reflexión, de extravío intelectual, colectivo e individual. Los hijos de la transición devenidos en hijos de Belén Esteban. Tiempo de intereses y de supervivencia mezquina. La distancia que hay, por ejemplo, entre Santiago Carrillo y el secretario general actual del PCE (por cierto, ¿cómo se llama?), la distancia que hay entre las primeras mujeres de IU y la nueva hornada grisácea, la que concitó la descalificación de Elvira Lindo, por ejemplo, por un artículo suyo en El País (11/11/09), no muy preciso y afortunado, seguramente, pero que esbozaba el desierto que es la izquierda española actual, la izquierda en general. Escombros. Denme media Elvira Lindo, por favor, antes que cualquier personajillo de estos encabalgado en la nada.



La Constitución de 1978 es un proyecto agotado. Sobra el título VIII, la concepción del Senado es un poco menos que estrafalaria, la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión no es sólo discriminatoria sino de suyo inconstitucional,… Y están las reformas sobrevenidas por la incorporación de España a la Unión Europea y la legislación emanada de su parlamento.

Necesitamos su reforma. Con urgencia.

España no es la de 1978. Yo, desde luego, no soy el mismo, aunque piense sustancialmente lo mismo, ni reconozco a nadie de los que veo en ninguna vieja fotografía. Y no estoy muy seguro de cuál sea la de 2010 o la de 2011. ¿Federal? ¿Federal con Portugal? ¿Alguien duda de que el anacronismo de Gibraltar, por ejemplo, acabará desapareciendo? ¿Y Ceuta y Melilla? ¿Cuánto pueden durar estos esperpentos territoriales?

Un español de 1978 era a un europeo lo que un maliense a un español actual. Casi. Más o menos. Un joven español actual se mezcla y se confunde con cualquier europeo. ¿Alguien cree que se mantendrán durante muchos años las naciones-estado actuales?

Sin embargo, la transición es un proyecto inacabado, que no ha tocado, por ejemplo, a la justicia, en manos de la derecha más rancia. Ni ha restituido la justicia histórica. Ni ha abierto una causa general contra el franquismo. Reconciliación no es injusticia; ni siquiera el perdón, es decir, el olvido, es injusticia. Podemos perdonar, alcanzar la reconciliación, pero nunca consolidar la injusticia. La justicia, como la libertad, son bienes irrenunciables.



Y luego están las urgencias y las amenazas globales, que tampoco estaban en 1978: el terrorismo, el cambio climático. Y el agotamiento de un sistema global, germen de nuestra propia extinción como especie.

Pero cómo abordar la reforma con esta tropa.

Se nos mueren los que escribieron aquella Carta y no somos capaces de engendrar otros siete con la misma capacidad de inventiva y acuerdo. Quizá porque estamos muy ocupados en repartirnos los despojos del pasado, o en llenarlo de naftalina. Quizá porque el zumo de esta sociedad es un zumo miserable, sin perspectiva histórica. Quizá porque esto es lo que hay, es lo que, en realidad, hubo, aunque pareció haber otra cosa. Aunque de una cosa estoy seguro: aquella mujer generosa hoy no es posible. No, en esta sociedad de inútiles y petimetres.

Viva la Constitución. Y que nadie me la toque.


jueves 10 de diciembre de 2009

Declaración Universal de Derechos Humanos



PREÁMBULO

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;

Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;

Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;

Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones;

Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad;

Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y

Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso;

LA ASAMBLEA GENERAL proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción.

Artículo 1.

• Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.


Artículo 2.

• Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

• Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Artículo 3.

• Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Artículo 4.

• Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.

Artículo 5.

• Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

Artículo 6.

• Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica.

Artículo 7.

• Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.

Artículo 8.

• Toda persona tiene derecho a un recurso efectivo ante los tribunales nacionales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales reconocidos por la constitución o por la ley.

Artículo 9.

• Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado.

Artículo 10.

• Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal.

Artículo 11.

• 1. Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en juicio público en el que se le hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa.

• 2. Nadie será condenado por actos u omisiones que en el momento de cometerse no fueron delictivos según el Derecho nacional o internacional. Tampoco se impondrá pena más grave que la aplicable en el momento de la comisión del delito.

Artículo 12.

• Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Artículo 13.

• 1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.

• 2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

Artículo 14.

• 1. En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.

• 2. Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y principios de las Naciones Unidas.

Artículo 15.

• 1. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad.

• 2. A nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad.

Artículo 16.

• 1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.

• 2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.

• 3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.

Artículo 17.

• 1. Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente.

• 2. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad.

Artículo 18.

• Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.


Artículo 19.

• Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Artículo 20.

• 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas.

• 2. Nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación.

Artículo 21.

• 1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos.

• 2. Toda persona tiene el derecho de accceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país.

• 3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.


Artículo 22.

• Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.

Artículo 23.

• 1. Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.

• 2. Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual.

• 3. Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social.

• 4. Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses.

Artículo 24.

• Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas.

Artículo 25.

• 1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.

• 2. La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia especiales. Todos los niños, nacidos de matrimonio o fuera de matrimonio, tienen derecho a igual protección social.

Artículo 26.

• 1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.

• 2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

• 3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

Artículo 27.

• 1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.

• 2. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

Artículo 28.

• Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.

Artículo 29.

• 1. Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad.

• 2. En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática.

• 3. Estos derechos y libertades no podrán, en ningún caso, ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas.

Artículo 30.

• Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.


10 de diciembre, 1948

miércoles 9 de diciembre de 2009

La revuelta de internet


El Proyecto de Ley de economía sostenible, presentado hace 4 días en el Congreso para su debate, introduce modificaciones en la Ley 34/2002, de Servicios de la Sociedad de la Información, y en el Real Decreto Legislativo 1/1996, del Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual. Lo hace mediante la Disposición final primera. Échesele un vistazo a esa disposición final (página 95 y sgs); a la Ley de servicios, especialmente al artículo 8, que se amplía, y al Decreto, especialmente al artículo 158, que se modifica, y su Disposición adicional quinta, que se añade, para entender la polémica que se ha generado estos días con la publicación de un manifiesto bloguero. El nombre, Manifiesto por los derechos de internet, se lo han puesto sus autores. Quizá también ayude a entender la polémica que, entre sus redactores, se encuentran representantes de Vocento, Radiocable, 20 minutos, la información, Que, Instituto de Empresa, Escolar.net e Idealista, ésta última una plataforma de intermediación en la compraventa inmobiliaria. Y que González Sinde, la ministra, procede del mundo del cine.

Se ha dicho que es un manifiesto por los derechos de internet. Pero internet carece de derechos, ni siquiera es una entidad jurídica. Supongo que se refieren a los usuarios de internet, pero temo que esconde el auténtico debate y disimula los intereses. El debate son los derechos de los creadores y los de los usuarios. Los intereses son los de quienes mercadean con los productos de los creadores, bien porque propugnan su secuestro (v.gr., las discográficas que venden a precios abusivos los cd’s), bien porque defienden el todo gratis. Es como si en el conflicto de los tomates hurtáramos el debate entre hortelanos y consumidores para centrarnos en la pelea entre distribuidores y anarquistas, con la diferencia de que los anarquistas son buena gente y desinteresados y los otros esconden intenciones aviesas. ¿O es que alguien ha propuesto declarar los huertos de libre acceso y disposición, para que cualquiera pueda coger los tomates y llevárselos tranquilamente a casa para hacerse la ensalada?

Se ha dicho que las modificaciones propuestas en la ley de economía sostenible irían contra lo determinado el artículo 20 de la constitución, donde establece la libertad de expresión, especialmente contra el apartado 5 del mismo artículo, que concede a los jueces la decisión para cerrar un medio. Si esto fuera así, que podría caber esa interpretación de la modificación propuesta, no se entiende la revuelta porque la modificación moriría en el tribunal constitucional. Y, en cualquier caso, la ley sólo ha salido del gobierno y aún ha de recorrer todo el trámite de debate parlamentario, hasta su aprobación definitiva y sanción.

Tengo, en consecuencia, la impresión de que este debate es un falso debate y que detrás de la revuelta están intereses muy distintos de los intereses de los internautas y aún más distintos que los intereses de los creadores, es decir, de la gente que produce obras e ideas.

Conozco a un mecánico capaz de detectar la avería de un motor oyendo su ralentí. Hace su presupuesto, repara y cobra su trabajo, antes de devolver el coche arreglado. Y nadie discute eso, es su trabajo. Yo tampoco lo discuto. También cobro por mi trabajo, vendiendo ideas concretas o alquilándolas. Y tampoco nadie discute eso, es mi trabajo, el trabajo de un asesor. Tampoco discute nadie que se cobre a tanto el artículo publicado en un periódico o a tanto el mes por intervenir en un espacio de opinión en la radio. ¿Por qué, entonces, ha de ser de libre acceso un artículo o una idea que se publica en internet? ¿Si se publica en internet ya no se tiene derecho a ser remunerado? ¿Regalan los intermediarios inmobiliarios los pisos que venden, regalan su intermediación? ¿Los regalan los servidores de contenidos? Se es propietario de casas, de terrenos, de coches, de barcos, de cualquier tipo de cosas, de libros, incluso, de discos, también, y las leyes protegen con severidad esa propiedad. Cualquiera es propietario del producto de su trabajo hasta que lo enajena. ¿Por qué el producto de los creadores ha de ser patrimonio de todos? ¿Acaso los creadores no tienen boca para comer ni necesitan casa para dormir?

El debate no es la revuelta del manifiesto ni la demagogia de mis últimas afirmaciones o preguntas, tan demagógicas, por otra parte, como el manifiesto. Un manifiesto de trapaceros, que simula ir en defensa de los pobres usuarios, perseguidos por Zapatero. El debate es la propiedad como derecho e internet como medio. El debate es la frontera entre lo público y lo privado. El debate será, en último término, el precio de los productos y de los medios e, incluso, los medios mismos. Y el debate acabará siendo por qué un CD vale 20 € y un blog, desde su creación, es totalmente gratuito. O quizá pueda empezar por ahí: ¿por qué 20 €, por qué gratuito y por qué esta revuelta?


Un video elaborado por las malas lenguas sobre el asunto.

domingo 6 de diciembre de 2009

Sábado, Madrid, Glorieta de Quevedo



Una hamburguesa Whopper, 2’99 €; 2 Whopper más refresco mediano, 5,99 €; Menú Long Chicken, 4,99 €, y Menú Mediano doble cheeseburger, 4,99 €. La promoción es válida hasta el 17/02/2010, en los establecimientos de San Bernardo, 122, y Plaza de Santa Bárbara, 7.


Esta es la oferta de la octavilla negra de Burger King, con festón dorado y blanco, que reparte un joven de exquisita apariencia, ligeramente apagado, como salido del apartado de una biblioteca o el fondo editorial de una librería vieja. Creo que él ha llegado a su tarea al tiempo que yo salía de la boca del metro. Hay algo en él que llama mi atención: no sé si es su apariencia frágil, su figura exprimida, como limón o naranja ya sin zumo, su mirada lánguida e infértil o su dedicación a la tarea. Por eso no me he puesto a leer mientras esperaba, sino a observarlo. Quizá sea su pantalón negro y su camisa negra, la sonrisa helada. Viendo su sonrisa, me pregunto si somos hijos de las estaciones o se hacen las estaciones a partir de nosotros. Por el sol, por la temperatura del aire, podría ser hoy primavera u otoño. Sé que es otoño por la sonrisa del joven, que pareciera temer un frío que no está, pero aguarda a la vuelta de la esquina.


Si tuviera que hacer una foto de Madrid esta mañana de sábado, la haría de la Glorieta de Quevedo. Y como es una fotografía y mis ojos abarcan lo que abarcan, no más que el espacio recortado de un cuadro o la ventana de un objetivo, me limitaría al rincón y al horizonte del sur, el chaflán de Gilgo, que antes era cristalería y tienda de regalos de porcelana Lladró, frente al metro, entre Fuencarral y San Bernardo, y las primeras baldosas de estas calles.

Aquí es donde tengo esta mañana las imágenes y los personajes moviéndose como hormigas vertiginosas y atareadas. Y aquí es donde está el joven que reparte la propaganda. Y otro joven, sentado en el suelo, embutido en un plumas azul y blanco, entre la puerta de Gilgo y San Bernardo, extendiendo un cestillo y gritando: “Una ayuda, para un bocadillo; un ayuda, para un bocadillo”, repetidamente, una y otra vez, incansable, con la voz ronca, cansina y atropellada. Y con poco éxito, la verdad, quizá porque aquí lleva años y la gente del barrio lo observa como parte del paisaje, como la estatua del centro de la plaza o la baranda metálica que separa la acera de la calzada.

En la foto también cabría una señora menuda, que ha cruzado San Bernardo desde Arapiles con su diminuto caniche blanco. No sé si sale al paseo por las urgencias del perro o por el cigarrillo que enciende con ansiedad. Tal vez sea por el perro, porque descienden por San Bernardo, al borde de los alcorques, donde se detiene el perro olisqueando y ella da un par de caladas.

Cabrían, también, dos controladoras de la O.R.A., con sus chaquetas fluorescentes y su armamento de máquinas emisoras de multas. Caben, porque hoy parecen inofensivas, porque sonríen, porque una salta como una niña pequeña y agita el brazo a alguien del otro lado, por Arapiles imagino, porque se miran ambas y se sonríen de nuevo.

Cabría un patinador nervioso que atraviesa el espacio esquivando al repartidor de propaganda, a los que salen del metro y de Gilgo, a las controladoras, a los que cruzan desde Fuencarral, y se lanza, a la carrera, hacia Carrefour express, pero no entra, sino que gira, Fuencarral abajo, hasta que desaparecer.

Cabría también el niño que corre hacia la controladora que antes agitaba el brazo, seguido por quien parece ser el padre, que llega tras él y explica quién sabe qué azarosas circunstancias.




Cabe de nuevo el propagandista, que recoge del suelo la hoja que alguien tirara y la une al montón del reparto, que sonríe y se encoge de hombros cada vez que alguien no coge su hoja.

Debería caber también el frío pero no sé como atrapar el frío a través del objetivo de una cámara. O quizá sí. ¿No es el frío una mueca del tiempo, la mueca de esta mañana?

Bueno, y cabe mi hija que llega y me besa.

Y ya no cabe nada. Porque nos vamos por San Bernardo, hasta Las Hoces del Duratón, a ver qué menú tienen este sábado.

Y en otoño ya, Pepe Blanco, Cocidito madrileño, buen menú

viernes 4 de diciembre de 2009

Lunes, dos

P pulsa el interruptor y la luz de los fluorescentes se derrama por el área común de la oficina, inundándola. Se muestran de golpe los muebles, los armarios. Adquieren forma y proyectan sombra donde antes no existían o eran de una manera indefinida. La mesa y el altillo de la recepción de P a la izquierda, su ordenador, el servidor, las impresoras, la centralita del teléfono, el fax. La planta de P a la izquierda del altillo, junto a la pared, con sus largos tallos y sus pequeñas hojas verdes desganadas, sedienta como cada lunes. El panel de corcho en la pared, entre la puerta y el altillo, con los horarios de oficina, el anagrama de la mutua patronal, el calendario laboral y algunos pequeños anuncios que cada uno vamos colgando, hasta que X los descubre y los hace retirar para recluirlos en los rincones privados de las mesas, como “Nunca mais” o “No a la guerra”, y algún chiste, habitualmente de Forges o El Roto.

El biombo de cristal ahumado, para separar la entrada del área común de trabajo de la oficina, con unas sillas para aguardar sentado, un ficus de hoja pequeña con tres tallos sarmentosos, entrelazados y enhiestos, que nos sobrepasa, el cuadro con la composición de billetes antiguos y un reloj de pared, obsequio de un cliente, que podría estar en cualquier cocina. A partir del biombo, nuestras mesas. Las mesas de T y M y, a continuación, la mía, junto al despacho de quien hace los informes para el Consejo de Administración. Más allá, el despacho de X, que da al pasillo adonde dan, también, las puertas de los servicios. Y entre los servicios y P, el armario de seguridad para archivos, los armarios ordinarios, las mesas de la secretaria de X, de T’ y de R, junto con el armario de carpetas y bandejas distribuidoras y de intercambio, con impresos y documentaciones de clientes, y la mesa universal, con una planta que dicen de amor de hombre y otra que dicen del dinero, el microondas y la máquina de café.

Un lunes lo primero que se conecta es el servidor y la máquina del café. Por ese orden. Y el aire acondicionado, a una temperatura prudente: en otoño, 18/20 ºC, más o menos. Éste, todos los días, claro.

-Quiero un café. Bien cargado. No he desayunado- declaro.

-Con leche, P, largo de café- prefiere R.

Los demás declaran cosas similares. Los lunes, nadie o casi nadie ha desayunado. Y nos atropamos en torno a la máquina del café, que los sirve mediante estuches monodosis en frágiles vasos de plástico.

-Pues, ¿sabéis que os digo? -dice P, elevando el tono, desafiante-. Que secretaria, que nada de sirvienta. O sea, que el que quiera café que se lo prepare. Éste –y levanta un vaso con un café americano que ha preparado-, éste es mío, le voy a poner azúcar, la justa, un sobrecito, medio, lo voy a remover y me voy a sentar a tomármelo mientras repaso el correo. Pues eso.

Hace un gesto, elevando ligeramente la barbilla y se sienta. El rumor de protestas y voces confusas que se declara enseguida amaina y se extingue, como las tormentas de primavera.

Enciendo mi ordenador y observo el parpadeo del piloto verde. Va bien. Cojo mi taza de Mafalda, cortesía de la compañía y de Carrefour o Ikea, no recuerdo, y la pongo mediada de agua mineral, de la botella que tengo en mi mesa. Y la meto en el microondas. Le pongo un golpe de leche en polvo e incorporo el café que M ha dejado haciéndose mientras iba a su mesa. Hago un gesto de disculpa para M y le señalo un nuevo vaso bajo el chorrito de la cafetera.

-Aviso para navegantes –digo, poniendo el móvil sobre la mesa y señalándolo-. Bueno, o no. O favor que pido. ¿Alguien sabe cómo quitar un cacareo y poner una sintonía normal, de las que oyen las personas?

Miradas cómplices y sotorrisas.

-Sí, ya sé que soy un poco torpe con esto de la tecnología. Pero soy el mejor de mi casa, anuncio. Y no sé cómo va esto de las melodías. Así que, si hay alguien amable, el mismo que me hizo la gracia, por ejemplo, me podría decir cómo cambio el sonido del despertador. Le estaré eternamente agradecido. No, no hace falta que sea ahora, puede ser en la comida. Ya sé que ahora estáis deseando trabajar. Yo, también; yo, también.

Prolongo la última "n" y me quedo mirando los dos montones de carpetas que tengo sobre la mesa. Achino los ojos, recogiéndolos. Parece un reto. Es como si no hubiera existido el fin de semana, un regreso al viernes. Sólo que, ahora, hoy, lunes, me pondría a jugar al pito pito gorgorito sobre las pilas.

No. Termino por cerrar los ojos un instante. Respiro hondo. Tiene que haber un orden en las prioridades. Lo que es primero, primero; después, lo segundo, y así sucesivamente. Estas carpetas no tienen entidad para constituir un reto. A ello. Vamos.

Abro el correo de la empresa y el personal, y los dejo en segundo plano. Abro el programa de contabilidad. Alcanzo la primera carpeta y recuerdo que es la que anduve mareando el viernes de un montón a otro. Reviso el contenido y decido que lo mejor es enviar un correo al cliente explicándole el estado del asunto, reclamándole documentación complementaria. Así que lo redacto y se lo envío. Con eso queda constancia del estado del expediente. E inicio un tercer montón, el de lo resuelto de momento pero sin resolver.

Cojo el segundo montón de carpetas, donde faltan documentos, y se lo acerco a P.

-¿Me haces un favor?

Asiente. Parece que no puede hablar. Extiende el brazo izquierdo en ademán de espera.

-¿Los llamas a todos?

Asiente de nuevo. Y agita el mismo brazo izquierdo exigiendo paciencia. Había terminado el café y, ahora, se está comiendo uno de esos pastelillos industriales que vienen envueltos en papeles multicolores y tiene la boca llena. Éste de hoy no debe ser de buena calidad y parece haberse adherido al paladar. La pobre P hace ímprobos esfuerzos para despegárselo, pero no lo consigue. Eso parece querer decirme con sus gestos desesperados.

-Les recuerdas qué documentos nos faltan y anotas en cada carpeta las incidencias.

Asiente de nuevo, pero abre los ojos y dilata las pupilas. Extiende los brazos, apoyando las muñecas vueltas sobre las rodillas, ofreciéndolas como para un sacrificio de sangre. Su desesperación acaba siendo la mía. Y su sensación de ahogo. Golpeo ligeramente su espalda y cojo un vaso de los de la cafetera. Se lo lleno con agua de mi botella.

-Toma –le digo, acercándole el vaso hasta las manos. Sin embargo, da un salto y sale corriendo hacia el servicio. El vaso responde a la ley de la gravedad, alcanza el suelo, rebota y derrama el agua generosamente, como si se hubiera producido un pequeño diluvio. T, M, T’ y R levantan al tiempo la vista, me miran, se miran, perplejos o alucinados, y me interrogan, qué le he hecho, qué he hecho. Hago un gesto de duda, pero responden por mí unos sordos ruidos guturales, unas toses que vienen del servicio. Todos miramos hacia allí. Y nos miramos.

P aparece al cabo de un rato con los ojos llorosos.

-No vuelvo a comprar esa puta mierda. Joder, casi me ahogo.

T, M, T’, R y yo nos habíamos quedado mudos. Seguimos mudos. Apenas sabemos mirarla regresar con el paso ligeramente vacilante.

-Joder, que casi me ahogo.

Recojo el vaso del suelo, P se sorbe unos mocos que ya no tiene y R recoge el agua con la mopa de la fregona del servicio. Seco el suelo, él sí acierta a hablar:

-Pero, ¿ya estás bien?

Asiente. Se da unos golpes a la altura del esternón y tose repetidamente. Le pongo otro vaso de agua y le pregunto si quiere otro café. Asiente, claro, y recupera el color poco a poco. Se bebe el agua de un trago, se sienta, se coloca el café al lado del teclado, lanza un suspiro y me habla en tono, al fin, normal:

-A ver, repíteme la historia. ¿Qué quieres que te haga?

Con las carpetas, quiero que me haga un favor en relación con el montón de carpetas. Le explico que son carpetas con documentación incompleta, que querría que llamase a los clientes y que me dejase constancia de las incidencias. Se lo repito con las mismas palabras de antes. Casi.

-Pero, ¿ya estás bien? ¿No quieres tomarte un respiro?

Niega con la cabeza. Hoy, sus gestos parecen limitados: asentir, negar y ahogarse.

-¿Quieres que te diga, también, cómo arreglar lo del móvil?

-Vale.

Supongo que se me ha iluminado la mirada. Por su oferta o por sus hermosas rodillas cruzadas. Mi lado infantil debe ser.

P viene hoy con una falda estampada airosa, que apenas alcanza las rodillas; unas medias de lana verdes y rojas altas, diseño de Calcedonia, y una blusa verde sobre camiseta roja. Falda, camiseta y blusa parecen salidas de Zara. En los pies, Converse, verdes. Si tuviera el pelo un poco más largo, es decir, si lo tuviera largo, si no tuviera ese corte desigual y contenido, si pudiera hacerse unas coletitas y se las hiciera, uno diría que es hermana gemela de Pipi Calzaslargas. Pero es P, recién graduada en Administración y Dirección de Empresas y trabaja con nosotros de recepcionista y secretaria.

-Es que hoy me siento generosa. A ver, trae el móvil. No, es que no tengo mucho trabajo. Y como no han venido el jefe ni su secretaria…

Me aseguro de que le he explicado bien la tarea de las carpetas y que me ha entendido. Ella es inteligente, pero yo suelo ser especialmente torpe explicando algunas cosas. Entonces, le acerco el móvil.

-A ver, mira: menú, reloj, opciones, ¡fijar alarma! No, fijar alarma, no, esto es para poner la hora en que quieres que suene. Joder –se interrumpe-, ¿te levantas a las 6? Joder, macho.

Asiento con resignación. Yo también sé asentir con la cabeza. Y añado que hay que ducharse, desayunar, recoger las cosas que en la noche no se recogieron y que está, además, el trayecto del metro, con un transbordo. Hoy me entretuve, me quedé dormido, medio traspuesto ante el espejo y sentado en el inodoro, y de ahí el follón. Y la carrera para llegar a la hora, aunque he llegado.

En el metro también me duermo. A veces. No. Me ensueño, levanto la vista del libro y me marcho a un viaje etéreo, de brumas y candilejas, al borde del horizonte de Juan Salvador Gaviota. Adonde me lleva el último párrafo leído o el cómplice encuentro del párrafo con un recuerdo fugaz. O, como esta mañana, una silueta que reconstruye un recuerdo. Un recuerdo, que no la memoria, mi memoria, que es capricho, a veces, de los recuerdos.

-Bueno –dice, y me explica el proceso. Ahora: menú, reloj, opciones, ajustes y elegir melodía. Dejamos puesta una melodía neutra.

En este momento se abre la puerta de par en par.

-¡Hala, las luces encendidas!- es la secretaria de X. Y añade, entre aspavientos: -¿No habéis visto el día que hace? Hace un sol espléndido, impropio de otoño. Subid las persianas hasta arriba, apagad la luz, iluminaros. ¡Iluminaros! Dejad que la luz pase y os broncee esas esmirriadas y pálidas caras. Buf, cadáveres de lunes, pobres cadáveres.

-¿Ya estás bien?- dice P.

-Claro. ¿No se me nota? Ahora te doy los partes para que los tramites. Ah, y ¡buenos días a todos!

Deja el bolso de cuero negro sobre la mesa. Se quita el abrigo de paño, también negro, y lo cuelga en el perchero. Alguien, en la oficina, dice que podría ser Marilyn Monroe reencarnada si no fuera por el color castaño oscuro de su melena. T’ lo dice, debe ser porque está al lado. O seguramente es cierto, por sus piernas torneadas, sus curvas sinuosas, su falda de tubo, sus camisas de manga escueta, su ligero maquillaje y el rojísimo carmín de los labios. Yo casi me quedo con Chalize Theron. Si uno imagina una fotografía publicitaria de una academia de secretarias de los 60, la imagina a ella.

P ha apagado los fluorescentes y ha subido las persianas a tope.

-Por cierto –añade la secretaria de X, señalando con el mentón hacia el despacho-, el jefe no vendrá esta mañana. Me ha llamado la móvil para advertírmelo. Parece que tiene reunión con los socios auditores. Yo creo que tampoco vendrá esta tarde, que después de comer se buscarán una excusa para perderse en el pádel. Pero, bueno, no sé, no me hagáis caso.

Recuerdo lo de Mansonia. Los pequeños líos que se han filtrado por las rendijas y bajo las puertas por Mansonia. Seguramente es por eso la reunión de las dos partes, asesores y auditores. Dos empresas, dos estructuras, dos personalidades jurídicas, dos objetos sociales, dos actividades, auditoría y asesoría, pero, en realidad, lo mismo. Una, para sancionar con los informes legales las cuentas y las memorias, y la otra, para orientar. El chófer y el guardia de tráfico, compinches.

Mansonia es una empresa, cuya principal actividad es la importación de madera para toda Europa. Desde África, Canadá y América del Sur. La tengo aquí, en contabilidad. Y dos filiales. Otras dos filiales las lleva M. Parece que tienen iniciados dos o tres expedientes. Tráfico de maderas preciosas, o protegidas, algo así; blanqueo de dinero y fraude en IVA de importación. Lo típico, vamos.

M llama mi atención, gira la pantalla del ordenador hacia mí, me la señala. Y afirmo con la cabeza, porque distingo el menú de una de las filiales.


NOTA: Ésta es la 4ª entrega de las historias de oficina, la 2ª correspondiente al lunes de una semana cualquiera, ésta, por ejemplo. Quedan dos entregas más para completar el lunes. Las troceo de esta manera para que cada uno de los pedazos tenga un tamaño razonable, ni muy grande, ni muy pequeño. Veremos, al final, cómo acaba esto. Yo soy el principal intrigado: los personajes no han terminado de contarme la historia.




Antonio Vivaldi, Las cuatro estaciones, Otoño, Allegro

miércoles 2 de diciembre de 2009

Acerca del decrecimiento


El proyecto de decrecimiento, que reclama reducciones significativas en los niveles de producción y de consumo en el Norte opulento, suscita críticas. Éstas son tan legítimas como necesarias. La mayoría de las críticas no llegan del discurso oficial, que se desentiende de lo que considera una propuesta fuera del mundo. Llegan más bien de determinados segmentos de lo que llamaré la izquierda, en el buen entendido de que, las más de las veces optan por cuestionar el decrecimiento como un todo, sin entrar en una consideración precisa de sus propuestas y fundamentos intelectuales. Como si estimasen que el proyecto es tan lamentable que se descalificaría por sí solo. Pueden reducirse a dos las críticas que se han ido formulando.

La primera vendría a decirnos que el del decrecimiento es un horizonte mental concebido para apaciguar la mala conciencia de clases medias aposentadas. Sin negar que algo de ello pueda haber en determinadas modulaciones del discurso del decrecimiento, conviene no confundir la parte con el todo. Muchos seguimos pensando que sigue siendo prioridad mayor fundir lo más lúcido que aporta el movimiento obrero de siempre con la irrupción inexorable de nuevas cuestiones, y entre ellas las vinculadas con la certificación de que los límites medioambientales y de recursos del planeta configuran un problema principal. En la trastienda está una disputa que colea desde hace decenios: la retirada del proletariado como sujeto revolucionario y, con ella, la confusión de muchos de sus integrantes con las clases medias, circunstancia que enrarece el escenario en el que esta crítica está concebida. No nos regocijamos con el retroceso revolucionario del proletariado: nos limitamos a reseñar lo que es una triste realidad.

La segunda de las críticas señala que el decrecimiento es un proyecto reformista que aleja el horizonte de la insurrección revolucionaria. Conviene oponer algunos argumentos. El principal: no hay ningún motivo para separar decrecimiento e insurrección. Los partidarios de esta última también han de preguntarse por las reglas del juego que el modelo crecimentalista abrazado de siempre por el capitalismo ha instituido. Tal y como va el planeta, no podemos permitirnos el desliz de no formular la pregunta relativa a qué hay que producir el día después de la insurrección. El insurrecionalismo debe ser también decrecimentalista, no vaya a acabar por traducirse en el olvido de elementos centrales de contestación del capitalismo, riesgo muy frecuente en determinado lenguaje inflado de soflamas revolucionarias. Hay que fortalecer la dimensión anticapitalista de la propuesta decrecimentalista, como hay que subrayar que el cuestionamiento del orden de propiedad del capitalismo –la defensa, por decirlo claro, de una propiedad colectiva socializada y autogestionada– debe acompañarse de medidas que cancelen la ilusión de que podemos seguir creciendo de forma indiscriminada. Existe el riesgo de que el del decrecimiento sea uno más de los proyectos que el capitalismo ha engullido. Debemos evitar que ese posible engullimiento se haga realidad. El decrecimiento es parte de un programa más general: solo, no configura ninguna respuesta a nuestros problemas. Cualquier proyecto anticapitalista en el Norte desarrollado tiene que ser decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal.


Autor: Carlos Taibo, escritor, profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid.

Fuente:
Decrecimiento, procedente de Diagonal

Imagen: Singer