A las diez de la mañana en punto llegó a la oficina. Lo comprobé en el reloj del ordenador. A la hora de siempre. Y de azul, como siempre. Hoy, con camisa de color crema. Además de los zapatos negros brillantes. Y la gomina en abundancia, que fija el pelo al cuero cabelludo y lo estira hacia atrás hasta curvarse en las puntas, marcando los surcos que dejara el peine de grandes púas.
Hay quien dice que tiene un solo traje y un par de camisas de colores rosa y crema. Es P, que, a veces, sufre de celos de secretaria que no se siente valorada. Yo creo más a M, el más antiguo en la oficina, que dice haber cruzado, incluso, algunas palabras sobre datos contables. M asegura que tiene un armario lleno de trajes azules exactamente iguales, que va reponiendo por el desgaste por otros idénticos entre sí y a los originales. Y asegura, también, algo parecido en relación con las camisas de colores crema o rosa. No me extraña. Uno nunca sabe cuándo entra la persona que hace los informes y cuándo entra su representación holográfica. En El Corte Inglés es posible comprar ropa sin que parezca que el tiempo ha pasado por ella.
Conocí años atrás a un individuo que decía de sí mismo tener diez trajes azules iguales, treinta camisas blancas con milimétricos cuadritos azules, diez corbatas lisas azules de seda aparente. Pero era un pelanas. Creo que tenía un solo traje y un par de camisas, y la conciencia de que el azul es color apropiado para el mundo éste de los negocios, como en otra época lo fue el gris para la banca. El desgaste del cuello siempre era el mismo. O sea, que entre lo cutre y lo relamido puede haber un punto de encuentro.
-Buenos días.
La única frase de todos los días, un sonido opaco, sin eco, sin matices, mientras empuja de espaldas la puerta que siempre se cierra con suavidad, y se adentra por el estrecho pasillo entre las filas paralelas de mesas casi sin ruido, como si los pies se deslizaran o se moviera levitando, y desaparece en el despacho en penumbra. El clic de la puerta al cerrarse. Y silencio. Como si hubiera pasado un fantasma.
De repente, el parpadeo de las luces en el despacho, la cartera de cuero negro que va de la mesa al suelo, a la derecha del sillón, próxima a la mesa. Y la rutina: el ordenador que se enciende y, en tanto carga los protocolos, arranca y pide las claves, el leve toque en el teléfono, en el teclado, en la pequeña lámpara de mesa, en el hexaedro oscuro, único adorno superfluo de la mesa, y otra vez en el teclado, para que todo recupere la posición exacta que quizás alteró la persona encargada de la limpieza.
Se inclina ligeramente hacia adelante y hacia la derecha. Parece buscar algo en la cartera. Y se incorpora con los periódicos. Dos. Uno de color salmón, que debe ser prensa económica. Y sonrío para mí: la misma prensa amarilla del jueves. Estoy mirando de reojo. No creo que lo advierta. Al fin y al cabo, el ala de la mesa se apoya en la pared acristalada de su despacho y es ahí donde tengo la pantalla y el teclado del ordenador. No se ve bien la cabecera, apenas la vocal del artículo definido de su nombre, con esa tipografía tan propia, times new roman, creo, de esquinas agudas y amenazadoras.
Alguien me dijo que ese periódico rompe la imagen de insufrible y odiosa perfección que nos proyecta desde el despacho. No es cierto. Son lo mismo. Primero: ni odiosa ni insufrible. Amable, y deseada por su universo de lectores. Y segundo: el periódico es esa misma perfección. Tanta, que inventa la realidad cuando no se ajusta a sus concepciones. O no sería prensa amarilla. Es la perfección del mundo de la economía y las finanzas, de lo público. Una imagen, un mundo que se adoctrina. ¿O alguien creyó que en ese mundo se piensa? En ese mundo se publicita. Ese es el mundo.
Me centro en mis obligaciones. Es decir, en mis carpetas. Reviso la primera. Está toda la documentación: las fotocopias de las declaraciones de IVA, los movimientos de las cuentas afectas del año 2008 y el requerimiento, con la propuesta de liquidación, de la Agencia Tributaria. Me acerco a la mesa de T’, le entrego la carpeta y le explico las circunstancias. El tiene que redactar las alegaciones, asegurarse de que se presentan y seguir los trámites.
-A ver, mira, te explico: Nos han hecho una paralela por el IVA de 2008. Por la regla de la prorrata, dicen que está mal aplicada. Como ves, están equivocados.
-Algunos, que tienen poco que hacer- comenta, haciendo un gesto de disgusto. Si investigaran lo que tienen que investigar- añade. Y remata:
-Panda de vagos inútiles-, con nuevos gestos de disgusto y aburrimiento. Yo sé que estas vulgaridades no lo entusiasman, que piensa que no son éstos desafíos para su talla, pero también forman parte de su obligación. “En las pequeñas cosas se forjan los grandes espíritus”, me digo, recordando la voz engolada de un antiguo profesor de química del bachillerato. Bastante marrano, por cierto. No era extraño verlo desaliñado, con la camisa sin planchar y el cuello grisáceo, y la bragueta llena de relejes de urea. Sonrío en mis adentros.
-Mira- trato de explicarle-. Ahí ves que lo que reclaman es el IVA de esos locales que se compraron. Dicen que no es deducible, porque se destinarán a alquileres1. Se compraron y se dejaron en contabilidad porque se van a vender. Pero, aunque se alquilaran, son locales, y los locales están sujetos a IVA.
-Vale. No te preocupes. Ya me encargo-. Se queda pensativo un instante, mueve los papeles uno a uno, pero me da la sensación de que no los mira. Se detiene, abre los ojos, se echa un poco hacia atrás.
-Pero, ¿no presentasteis alegaciones antes de la paralela? ¿No aportasteis las facturas?
-Siiiiiiiii, claro. ¿No lo ves, hombre? Ahí lo tienes. Es que este inspector acaba de llegar. No se entera. Es nuevo.
-Vale. Perdona. No hay problema-. Agrupa las hojas y las sacude un poco sobre la mesa para igualar el paquetito. Las devuelve a la carpeta y me mira:
-Vale, que no hay problema.
Aunque ya se ha desentendido de mí, me quedo mirándolo un rato.
-¿Te pasa algo? Te noto…, no sé, un poco despistado- le digo. Me contesta sin levantar la vista de la mesa.
-No. Que es lunes.
Me doy por satisfecho. Me encojo de hombros y regreso a mi mesa. Aunque no sé qué tienen de particular los lunes. L-u-n-e-s, lu-nes, lunes, ¿lunes? ¿Qué tienen los lunes? ¿Qué son? A ver, miro en Google. Pues no, en Google tampoco hay nada especial. Dice: segundo día de la semana en el calendario gregoriano, del latín Dies Lunae, o día de la luna. Esto último me parece más romano, es decir, pagano, que cristiano. A mí, sin embargo, me parece el primer día de la semana, siempre tengo la sensación de tener que iniciar algo. Será porque la vida la concebimos hoy desde el trabajo, no desde el ocio. De ahí la palabra negocio, la negación del ocio. O la propia palabra trabajo, antes trebajo, (lo estoy viendo, también, en Google), del latín tripalium, tres palos, tripaliare, torturar o torturarse. Joder, con Google, parece dios. Verás tú que este calendario acabará llamándose calendario googleliano. De un clicazo, Google acaba con el viejo dios, aunque me parece que el viejo dios está más que acabado. No hay más que mirar la cara de sus vicarios. Todos. Los de Jesús y los de Mahoma.
Se me quitan las ganas. ¿A quién se le ocurre torturarse?
¿Y la filosofía barata con la que me he perdido en los últimos minutos? A ver, muchacho, a lo tuyo, que tienes obligaciones, me digo, golpeándome con el índice ligeramente la sien derecha.
Edward Hopper, Office In Night
(1) Cuando se ejercen diferentes actividades, unas sujetas a IVA y otras no sujetas, no es deducible el IVA de las compras y gastos afectos a la actividad no sujeta. Cuando la compra o el gasto participa de ambas actividades (electricidad, teléfono,…), el IVA se prorratea entre ambas actividades. El arrendamiento de viviendas no está sujeto a IVA.





















