Maaruf vivía con su esposa Samira y sus cuatro hijos en dos habitaciones del gran edificio de apartamentos de alquiler contiguo a la casa de Farid. Samira era una mujer alta, de piel blanca y negro cabello. No era hermosa, pero la palidez de su semblante atraía las miradas de los hombres.
Su marido era alto y recio. Farid nunca lo había visto recién aseado. Incluso por la mañana temprano estaba ya sudado. En Damasco, los guardias de tráfico eran los más elegantes, pero no así Maaruf. Parecía un delincuente fugado que acabara de robar un uniforme de guardia de tráfico.
Ganaba muy poco. Quizá habría bastado para él solo, pero con una esposa que en su opinión no sabía gobernar la casa y cuatro hijos que siempre tenían hambre, ni con dos nóminas habría alcanzado. Además, tenía que ayudar a sus ancianos padres.
A Claire nunca le habían caído bien Samira y Maaruf, pero desde el incidente con su hermano Marcel ya ni siquiera los saludaba. Maaruf había hecho parar a Marcel cerca de Bab Tuma. Él había saludado amablemente al policía y le había dicho de pasada que los conocía a él y a su amable esposa, porque eran vecinos de su hermana Claire, en la calle Saitún.
-No conozco a ninguna Claire -replicó Maaruf, que además negó vivir donde decía-. Ha tocado usted el claxon, eso cuesta diez liras. El tubo de escape echa demasiado humo, eso cuesta veinte liras. Y además va usted sin luces, lo que son treinta liras. Elija una multa, no quiero ser injusto.
Marcel no tenía escapatoria, y optó por la variante más económica. Sólo llevaba en el bolsillo un billete de veinte liras. Se lo dió al policía y dijo:
-Lo del claxon.
-Es muy razonable -asintió el policía, sonriendo, y se dispuso a marcharse.
-¡Tiene que devolverme diez liras! -protestó Marcel.
Maaref se guardó el billete de veinte en el bolsillo de la camisa y gritó, generoso:
-¡Por las otras diez puede volver a pitar!
El lado oscuro del amor
Rafik Schami
Ed. Salamandra
Su marido era alto y recio. Farid nunca lo había visto recién aseado. Incluso por la mañana temprano estaba ya sudado. En Damasco, los guardias de tráfico eran los más elegantes, pero no así Maaruf. Parecía un delincuente fugado que acabara de robar un uniforme de guardia de tráfico.
Ganaba muy poco. Quizá habría bastado para él solo, pero con una esposa que en su opinión no sabía gobernar la casa y cuatro hijos que siempre tenían hambre, ni con dos nóminas habría alcanzado. Además, tenía que ayudar a sus ancianos padres.
A Claire nunca le habían caído bien Samira y Maaruf, pero desde el incidente con su hermano Marcel ya ni siquiera los saludaba. Maaruf había hecho parar a Marcel cerca de Bab Tuma. Él había saludado amablemente al policía y le había dicho de pasada que los conocía a él y a su amable esposa, porque eran vecinos de su hermana Claire, en la calle Saitún.
-No conozco a ninguna Claire -replicó Maaruf, que además negó vivir donde decía-. Ha tocado usted el claxon, eso cuesta diez liras. El tubo de escape echa demasiado humo, eso cuesta veinte liras. Y además va usted sin luces, lo que son treinta liras. Elija una multa, no quiero ser injusto.
Marcel no tenía escapatoria, y optó por la variante más económica. Sólo llevaba en el bolsillo un billete de veinte liras. Se lo dió al policía y dijo:
-Lo del claxon.
-Es muy razonable -asintió el policía, sonriendo, y se dispuso a marcharse.
-¡Tiene que devolverme diez liras! -protestó Marcel.
Maaref se guardó el billete de veinte en el bolsillo de la camisa y gritó, generoso:
-¡Por las otras diez puede volver a pitar!
El lado oscuro del amor
Rafik Schami
Ed. Salamandra













